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domingo, 20 de septiembre de 2020

EN LA NUEVA VIDA

   Estoy encantado con la nueva vida. Sí, aquella que dejó atrás por la fuerza la vieja vida, antes de la pandemia. Ahora, pese al riesgo de contagio, creo que apunta maneras. Estamos priorizando y cambiando poco a poco ciertos paradigmas internos. Hábitos, quejas, expectativas y hasta las emociones. Antes nos quejábamos de todo, sin razón en no pocas ocasiones. El caso era verbalizar la insatisfacción y hasta la frustración por un deseo incumplido, alterado, marchito. En otras, por el exceso de estrés, las jornadas prolongadas de trabajo, el tedioso viaje a la oficina y vuelta a casa, las reuniones sin sentido, la llamada del jefe a última hora de la jornada cuando estabas a punto de recoger la mesa y salir pitando. 

En casa te esperaban o no con los brazos abiertos, y el microondas sonriente para descongelar un plato rápido de cualquier cosa. El pan siempre falta, y la fruta pocha. Por eso también nos frustrábamos. El cansancio te impedía realizar muestras de cariño a la pareja, y ya no digo cumplir con el precepto de contarlo todo, porque si no eras tildado de introvertido. En la Nueva Vida, muchas de esas obligaciones y costumbres han cambiado. Para algunos a mejor. Se comparte más, y el roce hace el cariño.

 Puedes trasnochar viendo alguna peli intempestiva a altas hora de la noche europea mientras en España sigue despierta pero quejosa de falta de conciliación, sabiendo que te levantas (temprano) sin necesidad de afeitar, duchar y echar colonia para montarte en un vehículo rumbo  al embotellamiento. Con el teletrabajo, ganas en calidad de vida aunque no puedas echar una miradita maliciosa a las espaldas de  alguien por el pasillo, no ya por la posibilidad de cometer un delito de igualdad de género de la ministra recién llegada, o de tirar un piropo gracioso por la misma razón inquisidora, sino porque te contienes con la pantalla delante durante la videoconferencia . 

 

Las pausas del café por el cigarrillo se tornan más cortos, porque sigues conectado aunque saques el pescuezo por la ventana para evitar contaminar de humo el salón de casa. Con la Nueva Vida, sin echar la mirada atrás que suele ser una condición muy católica, me he vuelto protestante. Miro al futuro con optimismo, apuesto por superar los reveses de la vida, aunque no signifique que olvide la pandemia y sus efectos. Me lleno de espíritu de superación, de sacrificio y de hacer mejor las cosas que antes. La conformidad y mediocridad de la antigua vida, deja paso a la deportividad del batir récord. Y eso, que aún no estamos contaminados del ADN digital, ni de la Inteligencia Artificial (IA) ni de la resurrección robótica.

 

La Nueva Vida se ha tornado, gracias a la pandemia, algo más digital, pero también más sostenible, menos derrochadora como apunté antes. Si antes abrazábamos el “cuanto más mejor”, ahora cultivamos el eslogan zen: “Menos es más” hasta la extenuación.  Sabemos que el planeta depende de que consumamos mejor, con más cabeza, evitando el despilfarro y  la obscenidad de la obsolescencia programada. Ahora nos lo pensamos dos veces. Hay quienes como un servidor opta por los objetos de segunda mano en buen estado. Salvo que tengas que ir a una boda, que no creo, porque la mayoría de mis amistades ya están divorciados, separados o casados por comodidad, y ya no se tercia la necesidad de salir corriendo a ir a comprar un traje hortera en unos grandes almacenes para que luego que se conserve en el ropero con una pastilla de alcanfor, el más famoso terpenoide que los químicos conocen con la impronunciable fórmula C10H160. 

 

Ay, la Nueva Vida. Falta trabajo, antes también, ingresos, igual que antes de la pandemia. Falta protección y estado de bienestar, pero antes tampoco era para tirar cohetes. Antes gastábamos el dinero público sin control. Ahora también, pero ya nos hemos esforzado en calcularlo. Dicen algunos que son unos 120.000 millones de euros anuales que dedicamos a subvenciones y carguitos en España. Antes lo sospechábamos, ahora hay unos caraduras que lo ocultan, añoran la falta de ingresos y amenazan la subida de impuestos. Cualquier cosa antes que acabar con los privilegios de unos enchufados. Europa hacía la vista gorda. En la Nueva Vida la UE ya convive con nosotros como una suegra impostora. Vigilando el gasto y las aberraciones del gasto, del déficit y de la deuda públicas.

 

Estoy encantado con la Nueva Vida. Ya no hace falta salir al quiosco a comprar prensa que todos contaban el mismo cuento de forma interesada. Han proliferado los medios digitales, las redes sociales,  la información online y digamos visiones out-of-the-box (fuera del cubo). Es una maravilla la nueva libertad de información, aunque provoque los ERTES en grupos de comunicación clásicos por resistirse al cambio.

 

Lo peor de la vieja vida, antes de la pandemia, era la obstrucción al cambio. Todo eran excusas para cambiar el paradigma, el modelo de negocio, las formas de hacer las cosas en nombre de una ficticia costumbre arraigada en la moral inmoral católica de nosotros los españoles. Ahora ya no descartamos volvernos mormones o anabaptistas con tal de salir airosos de la crisis más grave de todos los tiempos: sanitaria, económica, socio-política e institucional. Antes charlábamos sin escuchar como si lleváramos tapones en los oídos. Ahora con el trapo en la boca, hablamos más alto pero sin seguir oyendo. También es verdad que hay gente para todo. Noto que mandamos más mensajitos de voz y texto por el smartphone. Ahora callamos, asentimos y tecleamos más y nos las ingeniamos para decir más con menos. El espíritu zen ha llegado para quedarse. Sólo en sede parlamentaria se escenifica más y se derrocha más vocablos. La paralingüística y la paroxia han asaltado el Congreso, los pasillos y los debates acusadores. Ahora ya no escondemos el descaro por inculpar a la historia, a Franco, a Aznar, Rajoy y a Ayuso de todos los males del presente. Porque la historia en la Nueva Vida vive más el presente que nunca. ¿Y el futuro?, se  preguntarán: para cuando se vuelva pasado.

 

¿Y qué me dicen del derrumbe de la economía? Forma parte de la Nueva Vida. Me preocuparía que se hubiera derrumbado en países del G-7. Pero en el nuestro, que ya no sé si está en el G-20 o en el G-50, se ha convertido desde antes de la penúltima crisis en la nueva normalidad. Desde que tengo uso de razón en los años 80 como quien dice, España vive, sale y vuelve a caer en una crisis, y cada una peor que la anterior. Las reformas estructurales siguen sin acometerse. También es otra normalidad no atreverse como buen patriota acabar con la desindustrialización de España, el monocultivo del turismo o con esquemas propios de otro siglo que engordan el paro, en vez de mirar al siglo XXI de la revolución eco-digital y gobernanza mundial. El milagro, como casi siempre, tiene que venir impuesto por Europa, para encubrir nuestras faltas de responsabilidades, de consenso y el alto coste electoral. Mientras tanto, en la Nueva Vida, miramos a la mujer del tiempo, que ha dejado el mapa de las isobaras, se ha vestido de cuero negro y cogido el látigo, y se dedica a atizar de ideología un debate que debería transcurrir como las nubes cirros. 

 

Ay, pese a toda impostura, insolencia, intolerancia, ingratitud, intransigencia de la Nueva Vida, me quedo con el hecho de que el género humano evolucionará en la democracia de la era dC (después del covid). La raza española, infectada o no de nuevos virus inmencionables, nos volveremos mestizos, rumiantes de C02, multidisciplinares y administradores de una globalidad de escalera, ajenos a los movimientos telúricos socio-tecnológicos del planeta, pero adictos al último murmullo rosa. Chín-chín.

 

 

 

viernes, 26 de enero de 2018

IGNORAR LA POLITICA EXTERIOR DESTRUYE EMPLEO

Descuidar la política exterior es descuidar la creación de empleo. Y eso es lo que está pasando en España. Pero no sólo con el actual gobierno de Mariano Rajoy (PP), sino también anteriormente con Aznar (a excepción del segundo mandato) y en especial con Zapatero (PSOE). Pese al superávit comercial y la gran labor exportadora de las empresas españolas en los últimos años como antídoto eficaz para compensar la caída de la demanda interna y combatir la crisis, el poder político de prácticamente todos los colores tampoco apuesta por abandonar  la vía del  provincianismo en política exterior.







Desde prácticamente todas las elecciones generales -con excepción de las europeas- casi ninguna formación política española ha definido en su programa electoral el rol de   España en el exterior, salvo la única excepción de contribuir a la construcción de la UE. Durante todo ese tiempo, ni en campaña ni en los programas electorales ni en el día a  día, hemos visto que nuestros líderes políticos -a diferencia de otros vecinos próximos- tuvieran una idea muy clara del papel que ha de asumir España en el escenario internacional, más allá de la UE. Parte de culpa también hay que achacar al cuarto poder, porque la prensa también ha obviado por las mismas razones los debates de cuestiones internacionales y se ha contagiado de cuestiones domésticas. Existen numerosos programas de debate político en los medios donde nunca o casi nunca se ha profundizado la política exterior de España y el papel en el mundo global que debería desempeñar con propuestas para llevar a sus socios en otras capitales.

Sobre el papel reiteramos el mantra del rol destacado de España en Hispanoamérica y en el mundo árabe. En la práctica,  salvo aquella Cumbre de la Paz para Oriente Medio celebrada en Madrid  en 1991 a iniciativa del gabinete de Felipe González (PSOE), no recuerdo otras similares en política internacional. Y España se debe mucho a los mercados exteriores y a la capacidad exportadora de nuestro tejido empresarial.  Si no fuera por ello, tal vez las cifras del desempleo no se habrían recortado como lo viene haciendo desde la crisis del 2008.

Sin embargo, parece que nos cohibe tomar protagonismo incluso en el seno de la UE con iniciativas de política exterior. Es más, existe la impresión generalizada que cuando se celebran cumbres de líderes mundiales, solemos colarnos de "chiripa". Inclusive en otras citas internacionales de proyección global como Davos, solemos ser reacios a que nos represente, intervenga y protagonice un jefe de gobierno español con alguna iniciativa de calado internacional. Suele aludirse al eufemismo de "problemas de agenda". Más bien creo que arrastramos un complejo de inferioridad por tener unos líderes que no hablan idiomas en unos casos, o porque producto del mismo complejo en otros nunca es una prioridad, como tampoco lo es en la lucha contra el cambio climático o la digitalización de la economía. Preferimos adoptar la postura de los legendarios líderes en vez de hacer nuestra propia propuesta.

Delegar en nuestros embajadores y/o "sherpas" del gobierno con buen nivel de inglés, no debe ser tampoco una excusa. Rajoy ha anunciado hace unos días que el Español será en adelante en un "proyecto de Estado". Ya era hora. En especial cuando hay tantas empresas de diversos ramos que comercian con el Español. Sin embargo echo de menos un sector multipolar que esté considerada como  una  "industria del español". El español y todo el negocio afín bien se merecen una industria propia, ya que es tal vez el primer artículo de exportación de la Marca España. Algunos estudios sitúan el valor económico del español en el 16% del PIB nacional. Sin embargo, englobar la facturación de todas las empresas afines a la "industria del español" dentro y fuera de España, bien podría alcanzar un valor muy superior.

Pues a pesar de declarar sorpresivamente que el Español forma parte ya de la Agenda del estado, España se resiste a ganar protagonismo en plazas internacionales, por falta de idiomas y/o exceso de complejos. El actual jefe de gobierno podría hacerlo en  español, pero tampoco lo hace. Como tampoco se vislumbra que tras el brexit, el español vaya a jugar un rol más destacado como uno de los idiomas prioritarios en las instituciones comunitarias (tras el francés, inglés y el alemán). Al contrario, nos han postergado a la segunda división  en la Oficina Europea de Patentes.

Pues bien, con o sin español, la política exterior abre y acerca mercados,  consumidores, posibilita inversiones, captación de pedidos y sobre todo creación de empleo cualificado con la consiguiente repercusión positiva en el PIB. Sin embargo, ni la clase política actual destaca por ello ni parece que vaya  cambiar el chip para vender Marca España y sobre todo defender unos intereses muy definidos en algunas de los frentes internacionales. El cuerpo diplomático tampoco parece que se haya puesto al día. Otras cancillerías aprovechan su personal diplomático para realizar "diplomacia comercial" y captar nuevos mercados para sus empresas nacionales. Aquí aún atiborramos las legaciones diplomáticas con fieles funcionarios de carrera (salvo alguna plaza con carnet político,   como recompensa por los servicios cumplidos). De ahí a posicionar el CD como una estructura de Estado para mejorar la competitividad de España en mercados externos, media una gran brecha. No son pocos los empresarios que se quejan de la falta sensibilidad y de apoyo institucional por parte de nuestras legaciones diplomáticas. 




En un entorno cada vez más global y digital, nuestro Cuerpo Diplomático, como el gobierno y los partidos políticos deberían hacer un esfuerzo y no dejar que nuestro protagonismo en materia exterior sea desplazado  por las naciones emergidas y emergentes. Nos hace falta una estrategia: global, por regiones, por intereses, por zonas de influencias. Y venderla. Y si no lo podemos hacer en inglés, hagásmolo en Español. Al fin y al cabo, el hecho de que la comunidad hispana en los EEUU sea la más numerosa e influyente (sus casi 60 millones de hispano-parlantes actuales les ha convertido en el segundo país del mundo más numeroso de habla hispana), bien debería merecerse una especial atención de las autoridades en Madrid. La realidad actual es que desde la pérdida de las últimas colonias en ultramar en 1898, España ha perdido brillo en los pasillos internacionales.

Una última recomendación para solventar el "complejo de enano en política exterior": profesionalizar a nuestra clase política con idiomas y cierta experiencia internacional. Tiene que ser un  referente también para el resto de los sectores sociales. Hasta que no acabemos con el complejo, no nos atreveremos me temo a tomar iniciativas en política exterior como hacen nuestros vecinos aventajados, muchos de ellos en un idioma mucho menos universal que el Español.


domingo, 15 de noviembre de 2009

LA PAZ SOCIAL CUESTA 300 MILLONES EUROS



La paz social cuesta en España unos 295 millones de euros que a cargo de los Presupuestos anuales Generales del Estado, es el monto que todos los contribuyentes pagamos para financiar a los 2 sindicatos mayoritarios del país: UGT y CC.OO. Ahora se entiende que ninguno de ellos se haya atrevido a declarar una huelga general (en protesta por la más grave crisis económica que encara España y el Gobierno socialista de ZP desde el final de la II Guerra Mundial) o a convocar manifestaciones masivas por los 4 millones largos de parados actuales. (Por causas menores hemos asistido a grandes movilizaciones en contra del anterior ejecutivo de Aznar). Estas cifras publicadas por la prensa española que están recogidas en el BOE, corresponden a diversas ayudas y subvenciones entregadas en los últimos dieciocho meses.
A estos importes hay que sumarle la simbólica aportación adicional de sus afiliados y el patrimonio de sus numerosas sedes sindicales repartidas por todo el país cedidas por el Estado (más de 180 millones euros por este último concepto). Por si fuera poco, las centrales sindicales gestionan al parecer más de 40.000 millones de euros en fondos de pensiones. Asimismo en España existen cerca de 300.000 "liberados" (sindicalistas en comités de empresas exentos de sus responsabilidades laborales) que cuestan del orden de 3.000 euros brutos/mes a sus compañías; es decir unos 13,5 millones anuales adicionales. Sumando todos los conceptos llegaremos a la bonita cifra de casi 500 millones euros !!


Fuente: Diario La Razón

Mirando Europa y la que está cayendo en España con la crisis, uno se pregunta si la Iglesia, las ONG´s y los sindicatos no deberían tener el mismo tratamiento. En otros países, las centrales son financiadas mayoritariamente por las cuotas de sus afiliados, no a cargo del erario público. La sospecha del "diálogo social" en España y la falta de transparencia justifica para algunos lo que han llamado "la mafia sindical" . Con tanto dinero público hipotecado en tantos actores públicos y cargas, ¿correremos la misma suerte que los antiguos países comunistas del Este europeo que hicieron saltar por los aires sus economías centralizadas? De cara al desempleado, ¿habrá que fundar un nuevo "Sindicato Contra el Paro" que vele por sus intereses, en vez de tanta "vendetta" cortejando al ejecutivo socialista?