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domingo, 21 de julio de 2019

LA INCOMUNICACIÓN ESPAÑOLA, UN FACTOR DESESTABILIZADOR PARA LA BALANZA DE PAGOS

Barcelona, a Julio 2019.- Tal vez sea en plena era de la globalización digital y verde una de las competencias más demandadas, tanto en los profesionales como en las empresas. Y sin embargo, España suspende en la asignatura de Comunicación. Lo grave, parecer que además presumimos de dicha carencia. Me explico. *

Pese a la abundancia de “expertos” en comunicación de todo tipo, grandes grupos de comunicación y empresas líderes en las comunicaciones (terrestres, aéreas, marítimas y espaciales) no hemos interiorizado aún su trascendencia porque arrastramos desde hace generaciones los mismos males de “in-comunicación”.

En el seno de las familias y de las parejas, son frecuentes los problemas de falta de comunicación. Los hijos no son comprendidos por sus progenitores y viceversa, de ahí las crisis. Los cónyuges padecen en ocasiones repetidas la incomprensión del otro, en muchos casos por el escaso hábito de la comunicación. Se habla más bien poco, dirían los psicólogos.











En las grandes empresas, se puede decir que hace relativamente poco han descubierto el intangible de la comunicación integral hacia sus distintos públicos objetivos, La irrupción de las redes sociales nos ha permitido avanzar algo en la asignatura pero no tanto desde el punto de vista cualitativo. La comunicación en las corporaciones, salvo excepciones, aún no goza del prestigio del CFO, CMO o del  director del RRHH. Es más, no consignan que la comunicación es una tarea de todos. La comunicación interna, aún contando con numerosos canales y herramientas, sigue siendo la espada de Damocles en los tiempos de la inmediatez global. Las férreas jerarquías imperantes hoy en día en el tejido empresarial español simplemente es incompatible con la digitalización y la Inteligencia Artificial (IA) que impondrán un cambio radical de paradigma: líneas de mando y de gestión completamente horizontales…pese a quien le pese. En grandes corporaciones privadas y altas instancias del Estado, aún contando con un costosísimo equipo interno de profesionales de la materia, no es infrecuente que prime la reactividad a la proactividad. Pese a ello, en muchos casos son los portavoces sindicales quienes suplen la voz de la empresa, con el consiguiente agravio.

En las PYMES y micro-empresas (más del 80% del entramado empresarial español), la comunicación casi es un cero a la izquierda. En ocasiones nunca es un activo estratégico ni desde el punto de vista técnico, ni humano ni financiero, porque siempre existen otras prioridades que marcan los propietarios/gestores. A menudo se considera un gasto más que una inversión sin retorno. Un puesto en la alta dirección suele tener un coste que tiende a abaratarse con “impostores” externos.  En el mejor de los casos compatibilizando las tareas de otras áreas. Es increíble el número de gabinetes externos y consultores de comunicación en España. No poca gente del marketing confunden además promoción con comunicación.  E incluso gente del ramo entiende que inundar de notas de prensa a los periodistas o conceder entrevistas del CEO con medios es comunicación, mientras desatienden a los stakeholders. La falta de proactividad e iniciativa se paga caro con ese pecado original de no querer meter la pata por temor a una reprimenda del superior.

En colectivos de la sociedad civil que afloran es recurrente abrir una web y cuenta en RRSS para decir que ya comunica, o suplantar las tareas con agencias externas para evitar un gasto fijo en el capítulo de personal. La burocracia interna liquida la transparencia y cortapisa iniciativas comunicativas a las audiencias, bien por falta de presupuesto, de equipo o de ambos. En el mundo de la ciencia, pasa exactamente.¿Ejemplos? Todos los que queramos. Grandes avances en la investigación científica española que pasan de soslayo por la opinión pública por una indebida falta de sensibilidad comunicativa. Esto amén de las publicaciones de escaso impacto mediático por falta de dominio de idiomas. España es uno de los primeros productores mundiales de no pocos segmentos y, sin embargo, los éxitos comerciales son asumidos por países terceros por nuestro nefasto marketing exterior. La imagen de la “marca España” se resiente y lo que es más grave, nuestra balanza de pagos, en comparación con otros vecinos, en términos de pérdida de competitividad con relación al PIB. Todo ello a pesar de la infinidad de centros públicos y semipúblicos que trabajan en teoría por “vender España” en el exterior. ¿De qué nos sirve por tanto la demanda de un mayor presupuesto a I+D+i si no divulgamos?

En la clase política, la incapacidad de consensuar y pactar en buena parte obedece a que sus actores no saben negociar. En todo caso, imponer. Si se impone (un relato, una postura, una ideología, etc) es considerado una especie de héroe mediático. Es decir, este déficit de la comunicación persuasiva es lo que nos lleva desde los Pactos de la Moncloa a enaltecer el provecho personal sobre el colectivo -que por cierto nunca es una prioridad.

Cuando conducimos por una de las redes más grandes de autovías de todo el mundo, resulta que la señalática deja mucho que desear y, más que informar (comunicar), lo que hace es confundir, si no da pie al error y hasta al trágico accidente: una entrada o salida mal indicadas, un desvío, el anuncio de áreas asistenciales, paneles con superabundancia de indicaciones o de precios de gasolineras en el recorrido, flechas colocadas a destiempo. Circular de  noche y con lluvia es un suplicio para distinguir las rayas blancas de la calzada. En cuántas ocasiones nos hemos preguntando quién es el responsable de tanta irresponsabilidad (comunicativa) en la vía pública.

Pero la mejor comunicación la ejercemos en los bares y restaurantes. Sentarse a tomar una copa y/o a almorzar lleno de ruido tiene todos los ingredientes de la perfecta comunicación. A medida que se va llenando, se elevan los decibelios. No nos ha de extrañar que ser el país más ruidoso del mundo después de Japón, sea también un factor de comunicación fallida.

Nada como llegar a un comercio o a una ventanilla, y cuando creemos que el personal nos va a resolver todas las dudas, siempre hay una que desconoce y que obliga a trasladar al jefe o al mando superior. Son tan frecuentes dichas prácticas que nos cuestionamos la capacitación del personal de atención al público. ¿Tendrá algo que ver aquellos estigmas de la fe católica, que nos intimidaba preguntar, mandaba callar o nos remitían a los “dogmas de fe”?

Pero en plena globalidad y digitalización del planeta, “los dogmas de fe” son un error del sistema operativo.

Continúa leyendo: https://es.scribd.com/document/419230959/LA-INCOMUNICACION-ESPAN-OLA-FACTOR-DESESTABILIZADOR-PARA-LA-BALANZA-DE-PAGOS


lunes, 10 de diciembre de 2018

EL ESTADO DE BIENESTAR EN EUROPA ESTA EN CUESTION

La llegada de movimientos y partidos populistas, la desafección por las formaciones clásicas y las fallidas recetas socialdemócratas a los tiempos de crisis ponen de manifiesto una cosa: el estado de bienestar en Europa está en serio riesgo.

Otros fenómenos como la globalización, la digitalización de la economía, la baja natalidad de los europeos y el impacto del cambio climático fomentando también la migración, no han hecho sino acelerar el cambio de paradigma de la “economía social de mercado” (nacida a raíz de la II Guerra Mundial en Alemania para costear ayudas a los más débiles con prestaciones sociales y el welfare state o Estado de bienestar que conocemos).


Las políticas socialdemócratas hacia las clases más desfavorecidas, en ocasiones clonadas también por partidos conservadores o neoliberales, se han mantenido prácticamente intactas hasta la aparición de la más grave crisis económica en Europa en 2008 con la quiebra de Lehman Brothers. 

En el caso de España, nuestro estado de bienestar, flaco en comparación con nuestros socios de Europa central y del norte, también se ha resentido con la implosión de la crisis hasta el punto de haber afectado a  instituciones y la totalidad de formaciones políticas. La aparición del 15M fue el primer brote de descontento social conocido en Europa. A día de hoy, los casos de corrupción -en especial de instituciones públicas, en teoría garantes de la ética de lo políticamente correcto-, han socavado por un lado la confianza de los electores y provocado un revulsivo en la Democracia, dando origen a formaciones extremas, tanto de izquierdas como de derechas, que han acabado con el bipartidismo clásico de forma  similar, aunque por razones distintas en el resto de la UE.

La primavera árabe y los conflictos en determinados países entre ellos Siria, no han hecho sino aflorar el problema de la migración masiva. Otros países subsaharianos se han adherido a las pateras con rumbo a las costas del sur de Europa, poniendo de manifiesto que la UE no es consciente del desafío integral de una especie de invasión masiva de origen musulmán, sino que además la yuxtaposición con la crisis económica y la crisis del euro están dado al traste con las paupérrimas arcas del Estado de bienestar en la vieja Europa.

A día de hoy, los partidos socialdemócratas y socialistas de prácticamente toda Europa, han consignado sus índices electorales más bajos desde el fin de la contienda mundial. Y los conservadores, anclados en postulados que no terminan de conectar con el presente. En su lugar, han emergido  partidos populistas (de un extremo y otro) que son tildados por sus contrincantes de radicales, xenófobos y/o anti-europeístas.

Con este trasfondo, unido al terrorismo islámico, los nocivos efectos del cambio climático, los conflictos bélicos en numerosas regiones, la ola de refugiados, migrantes y su impacto en las sociedades de acogida, la disparidad de criterios a la hora financiar el mayor gasto social a costa de un mayor déficit y deuda públicas, junto con las particularidades del Brexit y el fin del combustible fósil para mitigar las muertes por contaminación, evidencian que los políticos y los electores están abrumados. Pero en algo coinciden: la resistencia al fin de la era del “papá Estado” .



Cada vez hemos de afrontar a tantos frentes (sociales, económicos, políticos, ambientales, digitales y hasta demográficos) que difícilmente se pueden seguir financiando como antaño. La lenta exterminación de los europeos -con sus casi ínfimas tasas de natalidad- se intenta compensar con millones de migrantes de credos diferentes aún a costa de su integración. A esto se suma la 4ª Revolución digital que imparablemente dará un revulsivo al mercado laboral (con la implantación de los robots, la IA, las máquinas inteligentes) y seguramente hasta a la democracia digital (eDemocracy).

Pretender mantener el estado de bienestar tiene un alto coste. Pero más desgaste tiene negarse al cambio de paradigma y superar la zona de confort. La comodidad nunca es buena consejera. Los más atrevidos son vilipendiados en la opinión pública porque cuestionan los intereses de unas clases privilegiadas. Pero no hay punto de retorno. Como no tiene retorno el reto del cambio climático, el fin del bipartidismo y la Industria 4.0.

¿Cómo se financia todo esto? Esta es la cuestión. En  vez de ahondar en el debate, optamos por la confrontación política y social. Porque nos da pánico lo desconocido.  Ya no vale la política ni la religión (cuestionada además por la impunidad de los casos de pederastia) de siempre. En un país como España, ultraconservadora y ultra-moralista hasta poco antes del 2008, hemos pasado a liquidar los valores y principios más elementales con la crisis, la corrupción y el rechazo a las reformas estructurales. La democracia en Europa depende también del estado de bienestar. Definir las prioridades y los desafíos, su financiación y co-pago pero apelando también a la gobernanza, nos obligará a conjugar nuevos verbos. 

El siglo XXI digital y verde debe plantearse muchas cosas, y tolerar la valentía que se enfrenta a molinos de viento en toda Europa. El interés colectivo frente al individual. Los planteamientos socialdemócratas de antaño frente a los postulados de nuevo cuño de democracia digital.

miércoles, 20 de junio de 2018

DE LA OBSOLESCENCIA LABORAL PROGRAMADA A LA VIDA DE 100 AÑOS

--La mayor longevidad traerá cambios profundos que afectarán el trabajo, el ocio y la cuarta edad en la economía digital y circular.

La mayor longevidad y esperanza de vida están provocando un cambio de paradigmas. Traerán profundas alteraciones sociales y económicas, que no harán sino acentuarse con la 4ª revolución industrial en marcha, la robotización e inteligencia artificial en la economía digital y circular. Sin embargo pocos agentes sociales lo advierten. Estamos pasando de la actual “obsolescencia laboral programada” a una vida de múltiples etapas de más de 100 años.

La obsolescencia laboral programada se refleja en el hecho comúnmente adquirido de soltar lastre a partir de una determinada edad porque supuestamente la sociedad y las empresas desean dejar paso a una fuerza laboral más joven. El enorme daño que produce la pérdida de talento para la economía renunciando a trabajadores mayores de 45/50 años –en contra de su voluntad en muchos casos (salvo excepciones)--, no se compensa con una clase pujante de menos edad en unos tiempos en los que además se imponen las máquinas inteligentes y los robots.   

De la vida en tres etapas que hemos conocido hasta ahora desde el siglo XX (niñez/adolescencia de 0-15 años, la edad productiva 16-45 años y la madurez o jubilación, es decir entre los 46-85 años) y difícil de soportar financieramente a largo plazo, pasaremos a la vida de múltiples etapas con una cuarta edad que rayará una longevidad de los 100 años y que nos forzará a buscar su sostenibilidad.

Pero pese a todo, los agentes sociales siguen obcecados en ver las ramas, pero no los árboles ni el bosque. El aumento de la longevidad alterará nuestra  zona de confort que hemos disfrutado desde el siglo XX.

Ni la clase política, ni los gobiernos, empresas, gestores de recursos humanos e incluso los gurús del management se atreven hoy por hoy a admitir el próximo sorpasso por la vida de múltiples etapas e idear cómo mantener el sistema sin alterar la paz social. 

Segar el trabajo activo a los mayores de 50 años por razones estéticas a pesar del aumento de la esperanza de vida en la UE sin fuentes de ingresos alternativos, hará más endeble y vulnerable el estado de bienestar actual (o economía social de mercado según otros) para asegurar el futuro de la sociedad occidental.






¿Tendremos suficiente capacidad de adaptación y masa financiera muscular para soportar una era en la que convivan nuevas etapas de transición en educación, trabajo, ocio, el retiro activo y la cuarta edad? Los periodos de cotización a la Seguridad Social serán cruciales a diferencia del modelo actual para garantizar los ingresos públicos que el Estado precisará para costear los efectos de una mayor esperanza de vida, nuevas enfermedades seniles y muy probable el aumento de casos de dependencia.

Ya apuntábamos en el 2011 en otro paper que precisamente por la evolución de la pirámide vegetativa invertida en España nos urge debatir un nuevo seguro social obligatorio que a partes iguales sufrague los casos de dependencia del futuro como practican desde hace más de 20 años otros países europeos, sin cargar a las arcas de las pensiones públicas y de los consistorios tan elevado coste.

La resistencia al cambio no puede hacer inmune tampoco toda una batería de conquistas sociales vigentes desde el siglo XX a raíz de  la I Revolución Industrial, como son: la semana laboral en torno a las 40 horas semanales, el seguro del desempleo, el pago de baja por enfermedad, por incapacidad y maternidad, así como las pensiones, así como las inversiones  en educación y salud públicas.

La realidad es que el envejecimiento de la población se intensifica, y con cada década que transcurre, como apuntan ciertos autores, nuestra esperanza de vida aumenta unos 2 años (situando ese listón en cerca de los 100 años pronto en algunas sociedades avanzadas), haciéndonos preguntar si los esquemas del siglo pasado tendrán cabida, en plena era digital y circular, en la futura vida de múltiples etapas a la que nos abocamos.

Más info en:

lunes, 16 de enero de 2017

EL TECNO-HUMANISMO ESTA ENGENDRANDO LA DATA-RELIGION

Con el avance de las nuevas tecnologías y su incidencia en todas las disciplinas humanas y científicas, la humanidad camina hacia la  II Revolución Cognitiva en los próximos años en el planeta. Esta se va a caracterizar por abrir horizontes ocultos: el descubrimiento de estados mentales desconocidos y hasta incluso rozar la inmortalidad.

El Tecno-Humanismo en el que nos hemos embarcado va a dar origen a una nueva religión: la Data-Religión que poco a poco irá sustituyendo las creencias del pasado, a causa del masivo uso de  algoritmos, el BigData, y la investigación de los genes en la bio-fármaco-genética y otros avances científicos de los campos en la inteligencia artificial (IA) y  los cascos electrónicos.

Para ciertos gurús,  no será tampoco nada iluso imaginar que la medicina pase del tratamiento de enfermedades humanas clásicas a  tratar focalmente las fortalezas del paciente  a través del positivismo mental.
El autor de "Homo Deus", Yuval Noah Harari, un profesor de la Universidad de Oxford y Jerusalém, es uno de los pocos pensadores que afirman que la humanidad camina hacia el Dataísmo, una teoría nueva que evaluará y procesará la gran cantidad de datos que generaremos si logramos conectar y cerrar el círculo entre todas las disciplinas: desde la literatura y musicología pasando por la economía y la biología.

Según Harari, cualquier organismo,  bacteria, especie vegetal y animal, comunidad de vecinos  o incluso modelo económico están compuestos por un gran cúmulo de algoritmos.  La clave está en interpretar sus datos, pero no en competencia entre sí sino interrelacionándolos con el resto, permitiendo así que  redunden en la toma de decisiones, en el progreso de la humanidad y en hasta (casi) alcanzar la inmortalidad de la especie humana. Otros como Steve Lohr, autor de "Data-ism", afirma que Silicon-Valley es el mejor ejemplo de incubadora de datos pues cuenta con un gran potencial para resolver los problemas emergentes del futuro.


Durante las próximas décadas asistiremos a nuevas revoluciones basadas en internet que condicionarán las nuevas políticas y el poder de voto de los electores. Las nuevas estructuras democráticas  se crearán a partir de la imposibilidad actual de procesar tal cúmulo de datos relevantes (no sólo de la biología y la cibernética)  y incapacidad de formarnos una opinión pertinente. Las consecuencias lógicas sobre las sociedades modernas y los modelos de convivencia en libertad no se harán esperar. La clase política, si no pone remedio a la situación,  ahondará en el riesgo de limitarse a gestionar un país (sus presupuestos) en vez  de liderar un proyecto de futuro (tal y como estamos asistiendo hoy en día en no pocos países occidentales de la UE, entre ellos España). La Democracia y la tecno-humanidad en general deberán asumir cuanto antes dicho reto. Está en riesgo la supervivencia de la humanidad como especie.