domingo, 20 de septiembre de 2020

EN LA NUEVA VIDA

   Estoy encantado con la nueva vida. Sí, aquella que dejó atrás por la fuerza la vieja vida, antes de la pandemia. Ahora, pese al riesgo de contagio, creo que apunta maneras. Estamos priorizando y cambiando poco a poco ciertos paradigmas internos. Hábitos, quejas, expectativas y hasta las emociones. Antes nos quejábamos de todo, sin razón en no pocas ocasiones. El caso era verbalizar la insatisfacción y hasta la frustración por un deseo incumplido, alterado, marchito. En otras, por el exceso de estrés, las jornadas prolongadas de trabajo, el tedioso viaje a la oficina y vuelta a casa, las reuniones sin sentido, la llamada del jefe a última hora de la jornada cuando estabas a punto de recoger la mesa y salir pitando. 

En casa te esperaban o no con los brazos abiertos, y el microondas sonriente para descongelar un plato rápido de cualquier cosa. El pan siempre falta, y la fruta pocha. Por eso también nos frustrábamos. El cansancio te impedía realizar muestras de cariño a la pareja, y ya no digo cumplir con el precepto de contarlo todo, porque si no eras tildado de introvertido. En la Nueva Vida, muchas de esas obligaciones y costumbres han cambiado. Para algunos a mejor. Se comparte más, y el roce hace el cariño.

 Puedes trasnochar viendo alguna peli intempestiva a altas hora de la noche europea mientras en España sigue despierta pero quejosa de falta de conciliación, sabiendo que te levantas (temprano) sin necesidad de afeitar, duchar y echar colonia para montarte en un vehículo rumbo  al embotellamiento. Con el teletrabajo, ganas en calidad de vida aunque no puedas echar una miradita maliciosa a las espaldas de  alguien por el pasillo, no ya por la posibilidad de cometer un delito de igualdad de género de la ministra recién llegada, o de tirar un piropo gracioso por la misma razón inquisidora, sino porque te contienes con la pantalla delante durante la videoconferencia . 

 

Las pausas del café por el cigarrillo se tornan más cortos, porque sigues conectado aunque saques el pescuezo por la ventana para evitar contaminar de humo el salón de casa. Con la Nueva Vida, sin echar la mirada atrás que suele ser una condición muy católica, me he vuelto protestante. Miro al futuro con optimismo, apuesto por superar los reveses de la vida, aunque no signifique que olvide la pandemia y sus efectos. Me lleno de espíritu de superación, de sacrificio y de hacer mejor las cosas que antes. La conformidad y mediocridad de la antigua vida, deja paso a la deportividad del batir récord. Y eso, que aún no estamos contaminados del ADN digital, ni de la Inteligencia Artificial (IA) ni de la resurrección robótica.

 

La Nueva Vida se ha tornado, gracias a la pandemia, algo más digital, pero también más sostenible, menos derrochadora como apunté antes. Si antes abrazábamos el “cuanto más mejor”, ahora cultivamos el eslogan zen: “Menos es más” hasta la extenuación.  Sabemos que el planeta depende de que consumamos mejor, con más cabeza, evitando el despilfarro y  la obscenidad de la obsolescencia programada. Ahora nos lo pensamos dos veces. Hay quienes como un servidor opta por los objetos de segunda mano en buen estado. Salvo que tengas que ir a una boda, que no creo, porque la mayoría de mis amistades ya están divorciados, separados o casados por comodidad, y ya no se tercia la necesidad de salir corriendo a ir a comprar un traje hortera en unos grandes almacenes para que luego que se conserve en el ropero con una pastilla de alcanfor, el más famoso terpenoide que los químicos conocen con la impronunciable fórmula C10H160. 

 

Ay, la Nueva Vida. Falta trabajo, antes también, ingresos, igual que antes de la pandemia. Falta protección y estado de bienestar, pero antes tampoco era para tirar cohetes. Antes gastábamos el dinero público sin control. Ahora también, pero ya nos hemos esforzado en calcularlo. Dicen algunos que son unos 120.000 millones de euros anuales que dedicamos a subvenciones y carguitos en España. Antes lo sospechábamos, ahora hay unos caraduras que lo ocultan, añoran la falta de ingresos y amenazan la subida de impuestos. Cualquier cosa antes que acabar con los privilegios de unos enchufados. Europa hacía la vista gorda. En la Nueva Vida la UE ya convive con nosotros como una suegra impostora. Vigilando el gasto y las aberraciones del gasto, del déficit y de la deuda públicas.

 

Estoy encantado con la Nueva Vida. Ya no hace falta salir al quiosco a comprar prensa que todos contaban el mismo cuento de forma interesada. Han proliferado los medios digitales, las redes sociales,  la información online y digamos visiones out-of-the-box (fuera del cubo). Es una maravilla la nueva libertad de información, aunque provoque los ERTES en grupos de comunicación clásicos por resistirse al cambio.

 

Lo peor de la vieja vida, antes de la pandemia, era la obstrucción al cambio. Todo eran excusas para cambiar el paradigma, el modelo de negocio, las formas de hacer las cosas en nombre de una ficticia costumbre arraigada en la moral inmoral católica de nosotros los españoles. Ahora ya no descartamos volvernos mormones o anabaptistas con tal de salir airosos de la crisis más grave de todos los tiempos: sanitaria, económica, socio-política e institucional. Antes charlábamos sin escuchar como si lleváramos tapones en los oídos. Ahora con el trapo en la boca, hablamos más alto pero sin seguir oyendo. También es verdad que hay gente para todo. Noto que mandamos más mensajitos de voz y texto por el smartphone. Ahora callamos, asentimos y tecleamos más y nos las ingeniamos para decir más con menos. El espíritu zen ha llegado para quedarse. Sólo en sede parlamentaria se escenifica más y se derrocha más vocablos. La paralingüística y la paroxia han asaltado el Congreso, los pasillos y los debates acusadores. Ahora ya no escondemos el descaro por inculpar a la historia, a Franco, a Aznar, Rajoy y a Ayuso de todos los males del presente. Porque la historia en la Nueva Vida vive más el presente que nunca. ¿Y el futuro?, se  preguntarán: para cuando se vuelva pasado.

 

¿Y qué me dicen del derrumbe de la economía? Forma parte de la Nueva Vida. Me preocuparía que se hubiera derrumbado en países del G-7. Pero en el nuestro, que ya no sé si está en el G-20 o en el G-50, se ha convertido desde antes de la penúltima crisis en la nueva normalidad. Desde que tengo uso de razón en los años 80 como quien dice, España vive, sale y vuelve a caer en una crisis, y cada una peor que la anterior. Las reformas estructurales siguen sin acometerse. También es otra normalidad no atreverse como buen patriota acabar con la desindustrialización de España, el monocultivo del turismo o con esquemas propios de otro siglo que engordan el paro, en vez de mirar al siglo XXI de la revolución eco-digital y gobernanza mundial. El milagro, como casi siempre, tiene que venir impuesto por Europa, para encubrir nuestras faltas de responsabilidades, de consenso y el alto coste electoral. Mientras tanto, en la Nueva Vida, miramos a la mujer del tiempo, que ha dejado el mapa de las isobaras, se ha vestido de cuero negro y cogido el látigo, y se dedica a atizar de ideología un debate que debería transcurrir como las nubes cirros. 

 

Ay, pese a toda impostura, insolencia, intolerancia, ingratitud, intransigencia de la Nueva Vida, me quedo con el hecho de que el género humano evolucionará en la democracia de la era dC (después del covid). La raza española, infectada o no de nuevos virus inmencionables, nos volveremos mestizos, rumiantes de C02, multidisciplinares y administradores de una globalidad de escalera, ajenos a los movimientos telúricos socio-tecnológicos del planeta, pero adictos al último murmullo rosa. Chín-chín.

 

 

 

domingo, 9 de febrero de 2020

¿POR QUE LA LUCHA CONTRA DEL CAMBIO CLIMATICO Y LA ECONOMIA VERDE SON UNA OPORTUNIDAD PARA LAS PYMES?

La globalidad y la revolución digital no son incompatibles con la lucha contra el cambio climático. Las actividades y nuevos oficios en torno a la denominada economía verde, en un entorno global y digital, serán más que un riesgo una oportunidad para las Pymes. Fuente de innovación, empleo, riqueza, seguridad y estabilidad entre otros.

Si queremos que Europa con sus 450 millones de consumidores sea un contrapunto a EE.UU., China y el resto de potencias emergidas, las PYMES tienen unas ocasión de oro y las fuerzas políticas una enorme responsabilidad atrasada. Y es que aunque se nieguen, la descarbonización de la sociedad será un imperativo tarde o temprano. No nos engañemos, las próximas guerras ya no serán por el petróleo sino por mantener intactas espacios naturales, donde respirar, reproducirnos y alimentarnos de forma sostenible.

Las consecuencias de tantas emisiones de C02 a la atmósfera las estamos viendo a diario. Nadie y ningún país por grande o pequeño que sea es ajeno. Vivimos en propia carne lo que algunos denominan holocausto ecológico, emergencia ecológica, crisis ecológica. Con o sin esos apelativos, lo que es patente es que padecemos un acuciante riesgo de seguridad: nacional y global a causa de la destrucción del patrimonio natural.

En esta crisis que nos urge a actuar por una descarbonización acelerada, la economía y el bienestar social han de seguir funcionado pero sin interrupciones. Por eso, economía y ecología han de considerarse no como dos términos antagónicos sino al contrario. El cambio de paradigma nos demostrará que traerá crecimiento, empleo, riqueza y prosperidad si se consigue parar la destrucción del planeta. Sir Nicholas Stern, ex economista jefe del Banco Mundial, ya calculó que la lucha contra el cambio climático nos costará alrededor del 20% del PIB mundial. Más caro nos resultará a los países quedarse de manos cruzadas, tanto en términos contables, como en vidas humadas, desastres, destrucción de biodiversidad y de zonas aptas para la vida.
Hay quienes apelan a un Green New Deal en Europa, pero también en el resto del mundo, como una oportunidad para el crecimiento, el empleo y la vida sin carbono.


Se calcula que para salvar el planeta el 75% del combustible fósil debería dejar de explotarse. Dado que las empresas cotizadas de gas, petróleo, carbón dejarían de ingresar algo menos de 10 billones de dólares y que a la banca mundial podría afectarle sobremanera tal burbuja, entendemos la resistencia de los lobistas y de las clases dirigentes.
Aunque cada vez más entidades financieras privadas parecen secundar los fondos verdes, aún mantienen en portfolio inmensas sumas en activos que carbonizan la atmósfera. ¿De qué sirve el dinero sin vida en la Tierra?

En España como en Europa nadie se ha atrevido hasta la fecha con aprobar una Ley de Cambio Climático. Y por eso, la economía verde y digital del futuro están en punto muerto, por la resistencia al cambio y las interminables disputas políticas. 

Aspirar a una reducción del 50% del nivel de emisiones en Europa en el año 2050, es poco ambicioso. España no puede esperar a reaccionar cuando actúe Europa. Somos uno de los países de menor conciencia y más contaminante tanto acústicamente, lumínicamente, como en derroche de recursos hídricos y de agricultura intensiva que menosprecia el patrimonio ecológico, pese al liderazgo relativo en renovables. Sólo China en el 2018 invirtió más de 100.000 millones de dólares en energías limpias (frente a los 6.800 millones de España). Las cifras de negocio de empresas renovables en España apenas representan un 1% del PIB nacional (frente al 11% del sector del turismo, el 10% automoción, el 10% construcción o  el 13% químico-farmacéutico: todos ellos con importantes índices generadores de C02).

Las renovables en España dan empleo a menos de 80.000 trabajadores. Las previsiones apuntan a un aumento hasta los 200.000 en una década. Otras predicciones cifran en cerca de 2 millones de empleos nuevos si España apostara más decididamente por la economía verde. En ello, la banca tiene una gran responsabilidad si favoreciera los créditos verdes, fondos de inversión libres de C02 y descontaminando su cartera de activos fósiles. Demasiada poca importancia se le da al tema desde las filas políticas para que las PYMES y emprendedores apuesten más decididamente por lo verde sin un marco regulatorio seguro y una política industrial favorable hoy por hoy inexistente. Por cierto, algo similar podríamos decir de la economía digital, que serán sin duda dos de los motores económicos de la economía mundial, en vez de seguir ensimismados en las clásicas industrias del siglo pasado.



La economía eco-digital del futuro de seguro revolucionará el concepto del trabajo y la formación, la gobernanza, el cálculo de la renta nacional (PIB ecológico),  favorecerá la innovación, los emprendedores, la aparición de nuevos oficios, nichos de mercado, empleo, ingresos y recaudación, permitiendo un planeta más seguro y con vida, garantizando el cambio generacional, financiar el estado de bienestar, el pago de las pensiones y la cultura de la tercera edad. Las PYMES son clave por su impacto en el bienestar individual y colectivo. Cuanto antes actuemos antes reduciremos la hipoteca.

domingo, 21 de julio de 2019

LA INCOMUNICACIÓN ESPAÑOLA, UN FACTOR DESESTABILIZADOR PARA LA BALANZA DE PAGOS

Barcelona, a Julio 2019.- Tal vez sea en plena era de la globalización digital y verde una de las competencias más demandadas, tanto en los profesionales como en las empresas. Y sin embargo, España suspende en la asignatura de Comunicación. Lo grave, parecer que además presumimos de dicha carencia. Me explico. *

Pese a la abundancia de “expertos” en comunicación de todo tipo, grandes grupos de comunicación y empresas líderes en las comunicaciones (terrestres, aéreas, marítimas y espaciales) no hemos interiorizado aún su trascendencia porque arrastramos desde hace generaciones los mismos males de “in-comunicación”.

En el seno de las familias y de las parejas, son frecuentes los problemas de falta de comunicación. Los hijos no son comprendidos por sus progenitores y viceversa, de ahí las crisis. Los cónyuges padecen en ocasiones repetidas la incomprensión del otro, en muchos casos por el escaso hábito de la comunicación. Se habla más bien poco, dirían los psicólogos.











En las grandes empresas, se puede decir que hace relativamente poco han descubierto el intangible de la comunicación integral hacia sus distintos públicos objetivos, La irrupción de las redes sociales nos ha permitido avanzar algo en la asignatura pero no tanto desde el punto de vista cualitativo. La comunicación en las corporaciones, salvo excepciones, aún no goza del prestigio del CFO, CMO o del  director del RRHH. Es más, no consignan que la comunicación es una tarea de todos. La comunicación interna, aún contando con numerosos canales y herramientas, sigue siendo la espada de Damocles en los tiempos de la inmediatez global. Las férreas jerarquías imperantes hoy en día en el tejido empresarial español simplemente es incompatible con la digitalización y la Inteligencia Artificial (IA) que impondrán un cambio radical de paradigma: líneas de mando y de gestión completamente horizontales…pese a quien le pese. En grandes corporaciones privadas y altas instancias del Estado, aún contando con un costosísimo equipo interno de profesionales de la materia, no es infrecuente que prime la reactividad a la proactividad. Pese a ello, en muchos casos son los portavoces sindicales quienes suplen la voz de la empresa, con el consiguiente agravio.

En las PYMES y micro-empresas (más del 80% del entramado empresarial español), la comunicación casi es un cero a la izquierda. En ocasiones nunca es un activo estratégico ni desde el punto de vista técnico, ni humano ni financiero, porque siempre existen otras prioridades que marcan los propietarios/gestores. A menudo se considera un gasto más que una inversión sin retorno. Un puesto en la alta dirección suele tener un coste que tiende a abaratarse con “impostores” externos.  En el mejor de los casos compatibilizando las tareas de otras áreas. Es increíble el número de gabinetes externos y consultores de comunicación en España. No poca gente del marketing confunden además promoción con comunicación.  E incluso gente del ramo entiende que inundar de notas de prensa a los periodistas o conceder entrevistas del CEO con medios es comunicación, mientras desatienden a los stakeholders. La falta de proactividad e iniciativa se paga caro con ese pecado original de no querer meter la pata por temor a una reprimenda del superior.

En colectivos de la sociedad civil que afloran es recurrente abrir una web y cuenta en RRSS para decir que ya comunica, o suplantar las tareas con agencias externas para evitar un gasto fijo en el capítulo de personal. La burocracia interna liquida la transparencia y cortapisa iniciativas comunicativas a las audiencias, bien por falta de presupuesto, de equipo o de ambos. En el mundo de la ciencia, pasa exactamente.¿Ejemplos? Todos los que queramos. Grandes avances en la investigación científica española que pasan de soslayo por la opinión pública por una indebida falta de sensibilidad comunicativa. Esto amén de las publicaciones de escaso impacto mediático por falta de dominio de idiomas. España es uno de los primeros productores mundiales de no pocos segmentos y, sin embargo, los éxitos comerciales son asumidos por países terceros por nuestro nefasto marketing exterior. La imagen de la “marca España” se resiente y lo que es más grave, nuestra balanza de pagos, en comparación con otros vecinos, en términos de pérdida de competitividad con relación al PIB. Todo ello a pesar de la infinidad de centros públicos y semipúblicos que trabajan en teoría por “vender España” en el exterior. ¿De qué nos sirve por tanto la demanda de un mayor presupuesto a I+D+i si no divulgamos?

En la clase política, la incapacidad de consensuar y pactar en buena parte obedece a que sus actores no saben negociar. En todo caso, imponer. Si se impone (un relato, una postura, una ideología, etc) es considerado una especie de héroe mediático. Es decir, este déficit de la comunicación persuasiva es lo que nos lleva desde los Pactos de la Moncloa a enaltecer el provecho personal sobre el colectivo -que por cierto nunca es una prioridad.

Cuando conducimos por una de las redes más grandes de autovías de todo el mundo, resulta que la señalática deja mucho que desear y, más que informar (comunicar), lo que hace es confundir, si no da pie al error y hasta al trágico accidente: una entrada o salida mal indicadas, un desvío, el anuncio de áreas asistenciales, paneles con superabundancia de indicaciones o de precios de gasolineras en el recorrido, flechas colocadas a destiempo. Circular de  noche y con lluvia es un suplicio para distinguir las rayas blancas de la calzada. En cuántas ocasiones nos hemos preguntando quién es el responsable de tanta irresponsabilidad (comunicativa) en la vía pública.

Pero la mejor comunicación la ejercemos en los bares y restaurantes. Sentarse a tomar una copa y/o a almorzar lleno de ruido tiene todos los ingredientes de la perfecta comunicación. A medida que se va llenando, se elevan los decibelios. No nos ha de extrañar que ser el país más ruidoso del mundo después de Japón, sea también un factor de comunicación fallida.

Nada como llegar a un comercio o a una ventanilla, y cuando creemos que el personal nos va a resolver todas las dudas, siempre hay una que desconoce y que obliga a trasladar al jefe o al mando superior. Son tan frecuentes dichas prácticas que nos cuestionamos la capacitación del personal de atención al público. ¿Tendrá algo que ver aquellos estigmas de la fe católica, que nos intimidaba preguntar, mandaba callar o nos remitían a los “dogmas de fe”?

Pero en plena globalidad y digitalización del planeta, “los dogmas de fe” son un error del sistema operativo.

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jueves, 13 de diciembre de 2018

LA DESCARBONIZACION DE LA ECONOMIA REQUIERE DESCARBONIZAR TAMBIEN EL PIB

La gran prioridad de Europa y del mundo occidental, como estamos viendo en las negociaciones contra el cambio climático, pasa ahora por descarbonizar el planeta y descarbonizar la economía. Así se pretende en todas las cumbres multilaterales como la última de la ONU sobre el Clima en Katowice en Polonia. 

Poner límites a las emisiones expulsadas a las atmósfera, restringir el tráfico  en las ciudades, atajar los gases con efecto invernadero, prohibir los motores de combustión en unos años, así como el empleo del plástico, apelar al consumo responsable y a la economía circular, fomentar las energías renovables… todos son paliativos. 
Lo que no podremos es erradicar nuestra huella ecológica porque todas las actividades humanas tienen su impacto ambiental. Pretende descarbonizar la economía sin descarbonizar el PIB (producto interior bruto) es ilusorio. A quienes llevan años apelando por un cambio de paradigma. Este cambio pasa por animar a las autoridades nacionales a un cálculo novedoso de la renta nacional (PIB) teniendo en cuenta las externalidades del patrimonio natural (ecológico) consumido y/o dañado sin reparar, y que tarde o temprano tendremos que reponer.

En el 2013 vió la luz cierta iniciativa a favor de recalcular el producto interior bruto y su sustitución por un nuevo PIBe, es decir producto interior bruto ecológico. Pero no sólo por cuestiones económicas de valorar financieramente los costes de reponer el stock ambiental dañado, sino también por cuestiones de salud pública.

Seguir pretendiendo que un país como China presuma de ser el país con mayor tasa de crecimiento económico del planeta desde hace más de una década (con una tasa promedio del 11% del PIB anual), mientras es considerado el más contaminante del planeta, es un sinsentido a los principios contables, económicos, políticos y ambientales. Habría que admitir la inversión que tendría que realizar China para equilibrar los daños  ambientales ocasionados y restarlos de la renta nacional. El resultado sería una tasa de crecimiento posiblemente muy inferior al contabilizado actualmente. El nuevo PIBe debería adoptarse como nuevo patrón de medición económica que refleja los costes de reparación del medio-ambiente.

Como bien relata la obra inédita titulada “EL PIBe: el producto interior bruto ecológico” (2013),  existen suficientes argumentos jurídicos que ampararía dicha propuesta disruptiva. En el caso de España, no sólo ciertos articulados en la Constitución España sino también un buen número de leyes y reales decretos, fallos judiciales, directivas europeas y convenios internacionales suscritos que apelan todos ellos a hacer más transparente la información ambiental y por ende, los costes de reparación.  

lunes, 10 de diciembre de 2018

EL ESTADO DE BIENESTAR EN EUROPA ESTA EN CUESTION

La llegada de movimientos y partidos populistas, la desafección por las formaciones clásicas y las fallidas recetas socialdemócratas a los tiempos de crisis ponen de manifiesto una cosa: el estado de bienestar en Europa está en serio riesgo.

Otros fenómenos como la globalización, la digitalización de la economía, la baja natalidad de los europeos y el impacto del cambio climático fomentando también la migración, no han hecho sino acelerar el cambio de paradigma de la “economía social de mercado” (nacida a raíz de la II Guerra Mundial en Alemania para costear ayudas a los más débiles con prestaciones sociales y el welfare state o Estado de bienestar que conocemos).


Las políticas socialdemócratas hacia las clases más desfavorecidas, en ocasiones clonadas también por partidos conservadores o neoliberales, se han mantenido prácticamente intactas hasta la aparición de la más grave crisis económica en Europa en 2008 con la quiebra de Lehman Brothers. 

En el caso de España, nuestro estado de bienestar, flaco en comparación con nuestros socios de Europa central y del norte, también se ha resentido con la implosión de la crisis hasta el punto de haber afectado a  instituciones y la totalidad de formaciones políticas. La aparición del 15M fue el primer brote de descontento social conocido en Europa. A día de hoy, los casos de corrupción -en especial de instituciones públicas, en teoría garantes de la ética de lo políticamente correcto-, han socavado por un lado la confianza de los electores y provocado un revulsivo en la Democracia, dando origen a formaciones extremas, tanto de izquierdas como de derechas, que han acabado con el bipartidismo clásico de forma  similar, aunque por razones distintas en el resto de la UE.

La primavera árabe y los conflictos en determinados países entre ellos Siria, no han hecho sino aflorar el problema de la migración masiva. Otros países subsaharianos se han adherido a las pateras con rumbo a las costas del sur de Europa, poniendo de manifiesto que la UE no es consciente del desafío integral de una especie de invasión masiva de origen musulmán, sino que además la yuxtaposición con la crisis económica y la crisis del euro están dado al traste con las paupérrimas arcas del Estado de bienestar en la vieja Europa.

A día de hoy, los partidos socialdemócratas y socialistas de prácticamente toda Europa, han consignado sus índices electorales más bajos desde el fin de la contienda mundial. Y los conservadores, anclados en postulados que no terminan de conectar con el presente. En su lugar, han emergido  partidos populistas (de un extremo y otro) que son tildados por sus contrincantes de radicales, xenófobos y/o anti-europeístas.

Con este trasfondo, unido al terrorismo islámico, los nocivos efectos del cambio climático, los conflictos bélicos en numerosas regiones, la ola de refugiados, migrantes y su impacto en las sociedades de acogida, la disparidad de criterios a la hora financiar el mayor gasto social a costa de un mayor déficit y deuda públicas, junto con las particularidades del Brexit y el fin del combustible fósil para mitigar las muertes por contaminación, evidencian que los políticos y los electores están abrumados. Pero en algo coinciden: la resistencia al fin de la era del “papá Estado” .



Cada vez hemos de afrontar a tantos frentes (sociales, económicos, políticos, ambientales, digitales y hasta demográficos) que difícilmente se pueden seguir financiando como antaño. La lenta exterminación de los europeos -con sus casi ínfimas tasas de natalidad- se intenta compensar con millones de migrantes de credos diferentes aún a costa de su integración. A esto se suma la 4ª Revolución digital que imparablemente dará un revulsivo al mercado laboral (con la implantación de los robots, la IA, las máquinas inteligentes) y seguramente hasta a la democracia digital (eDemocracy).

Pretender mantener el estado de bienestar tiene un alto coste. Pero más desgaste tiene negarse al cambio de paradigma y superar la zona de confort. La comodidad nunca es buena consejera. Los más atrevidos son vilipendiados en la opinión pública porque cuestionan los intereses de unas clases privilegiadas. Pero no hay punto de retorno. Como no tiene retorno el reto del cambio climático, el fin del bipartidismo y la Industria 4.0.

¿Cómo se financia todo esto? Esta es la cuestión. En  vez de ahondar en el debate, optamos por la confrontación política y social. Porque nos da pánico lo desconocido.  Ya no vale la política ni la religión (cuestionada además por la impunidad de los casos de pederastia) de siempre. En un país como España, ultraconservadora y ultra-moralista hasta poco antes del 2008, hemos pasado a liquidar los valores y principios más elementales con la crisis, la corrupción y el rechazo a las reformas estructurales. La democracia en Europa depende también del estado de bienestar. Definir las prioridades y los desafíos, su financiación y co-pago pero apelando también a la gobernanza, nos obligará a conjugar nuevos verbos. 

El siglo XXI digital y verde debe plantearse muchas cosas, y tolerar la valentía que se enfrenta a molinos de viento en toda Europa. El interés colectivo frente al individual. Los planteamientos socialdemócratas de antaño frente a los postulados de nuevo cuño de democracia digital.